La eficiencia natural en nuestro AOVE.

En la naturaleza y en todos sus procesos, podemos asistir a innumerables ejemplos de eficiencia a la hora de utilizar y optimizar recursos: organismos que se adaptan y se especializan a las condiciones, en muchos casos muy exigentes, en las que les ha tocado existir. Las jorobas de los camellos, los cuellos de las jirafas, las espinas de los cactus, o las agujas de los pinos, son casos claros de seres vivos que han adaptado partes de su fisionomía para sobrevivir al medio en el que se desarrollan, un camino evolutivo cuya ultima parada son nuestros días.

El clima mediterráneo posee numerosos ejemplares con cualidades adaptativas a sus rigores, entre ellos está el olivo. El hombre ha ido «domesticando» esta especie de tipo arbustivo hasta nuestros días, contabilizándose un gran número de variedades, que han ido evolucionando en las zonas donde se han cultivado durante siglos.

El olivo es un especialista en producir un alimento de unas cualidades «top» y también durante siglos de proporcionar aceite para lámparas (lampante), en unas condiciones muy duras que no ayudan mucho al desarrollo de cualquier cultivo, como son veranos muy largos, calurosos y secos, e inviernos fríos.

Desde el punto de vista agrícola, la adaptación al medio del olivo es tan buena que, a poco que se le proporcione un suelo equilibrado en nutrientes, con un contenido aceptable en materia orgánica, se le realicen unas labores de poda adecuadas y se procure que en su entorno exista biodiversidad, nos proporcionará unas cosechas muy aceptables con calidades de fruto insuperables. Eso solo contando con la medias pluviométricas de la zona, que son bastantes exiguas y que están en torno a 400 ó 500 mm/año, contando en ocasiones y no todos los años con algún riego de apoyo o puntual.

De esta manera, en Era de Nava para obtener un litro de aceite, nuestros olivos usan, casi en exclusiva y con una eficiencia solo vista en la naturaleza, el agua de la lluvia y los nutrientes que se encuentran de manera natural en el suelo o que provienen de los restos de poda y hueso. Solo contando con aportaciones externas de materia orgánica en forma de humus y compost, y algún riego puntual si las condiciones se extreman.

Por hacernos una idea, para producir un litro de aceite de oliva convencional en regadío, se necesitan como poco, de 800 a 1000 litros de agua. Por norma general, ese agua se extrae de acuíferos y ríos, y en gran parte se devuelve al medio contaminada por nitritos derivados de la fertilización química. Por no hablar del coste económico que tiene en la explotación, llegando a representar en contextos de precios como el actual, el 20% sobre el precio final.

Hoy en día, existe la tecnología suficiente para analizar y emular los procesos que tienen lugar en la naturaleza e ir hacia una agricultura más sostenible, con menos insumos, y hacerlo sin tener que renunciar a rentabilidad, sino mas bien todo lo contrario.

Poder producir un aceite bajo estas premisas y ofrecerlo al consumidor nos reporta una gran satisfacción como agricultores, ya que nos sitúa como «inquilinos» de un medio que si es respetado, siempre nos ofrecerá sus mejores frutos.

 

Fermín Ibáñez Guzmán

Gerente en Finca La Nava

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