Las buenas «malas hierbas»

Cuando en mi sector se habla de «malas hierbas» normalmente no se está haciendo referencia a  plantas cuyo potencial venenoso, urticante, irritante o alucinógeno nos pueda hacer pasar un mal rato, provocarnos algún tipo de reacción alérgica o hacer que veamos mas pajaritos de la cuenta. No, no van por ahí los tiros. El abanico de herbáceas que engloba esta errónea y horrorosa denominación es mucho más amplio. El catálogo que la forman es sencillo y fácil de identificar. Simplemente cualquier planta que no sea nuestro cultivo, automáticamente pasa a engrosar la lista, así de cruel y sencillo.

Efectos de la erosión provocada por ausencia de malas hierbas.

Claro, si partimos de la base de que cualquier planta que no sea nuestro cultivo es mala, la buena práctica agrícola nos llevaría a tratar de eliminarlas todas, y esto es lo que se hace en la mayoría de los casos. Hasta hace unas décadas, el método más usado era el laboreo. En la actualidad el uso de herbicidas se ha generalizado, en muchos casos, la idea es que lo único verde que haya en el campo sea nuestro cultivo. Y es que la teoría agrícola dice que cuantas menos hierbas convivan con el cultivo, menos competencia habrá por el agua y los nutrientes y nuestro negocio irá mejor. Pero la teoría sin la práctica dice poco en un oficio que convive de manera tan directa con el medio natural.

A mi, la experiencia, me cuenta una historia muy distinta. Llevo muchos años haciendo una transición desde el laboreo total y absoluto (labrando hasta el tronco), pasando por el semi-laboreo (labrando solo por el centro de las calles), el no laboreo con rastra en verano (no labrar pero remover con un apero la capa mas superficial, no se para qué…), el no laboreo con cubierta vegetal solo en una calle (empecé a ver resultados), el no laboreo con cubierta vegetal en calles cruzadas (los resultados mejoraban) hasta el no laboreo con cubierta vegetal total. Este es el sistema de manejo de suelo que llevo practicando un par de años en algunas parcelas, y con el que he encontrado más ventajas en todos los ámbitos.

Para los que no estén muy habituados a términos agronómicos, el «no laboreo con cubierta vegetal total» no deja de ser otra cosa que simplemente dejar que en nuestro cultivo nazcan, crezcan y convivan sin ningún tipo de limitación, pero durante un periodo de tiempo limitado, todas las plantas habidas y por haber. Normalmente suelen nacer hierbas que están adaptadas a las condiciones climáticas de la zona, aunque se pueden ver otras, según sea de húmedo el año.

Es cierto que a mi no me costó implantar una buena y variada cubierta, quizá porque la plantación es más o menos joven y el suelo anteriormente había sido dedicado al cereal (donde se alternaban años de cultivo con años de barbecho para dar descanso a la tierra). Pero conozco muchos casos donde tratar de hacer crecer una mínima cubierta vegetal que frene la erosión se convierte en una misión muy costosa, llegando al punto de tener que sembrarla, ya que el suelo está tan castigado que no es capaz de generarla por sí solo, debido a los bajos niveles de materia orgánica (el contenido en los suelos de materia orgánica es vital y da para otra publicación).

Con los años voy viendo cierta adaptación de algunas especies herbáceas. Observo plantas que bien por su poder de rebrote, por su sistema de raíces más superficiales, porque tengan un porte algo más rastrero o porque además tengan ciclos invernales, son las que mejor se implantan.

Nascencia en un comienzo de otoño seco

Especies como el vallico y la cebadilla ocupan grandes extensiones, y son capaces de granar semillas incluso habiéndolas segado a menos de una cuarta, lo cual es magnífico ya que implica un sistema radicular con poco desarrollo que apenas compite con el cultivo. También son plantas con nascencia muy precoz. Si tenemos un suelo bien preparado, con restos de rastrojo del año anterior, germinan con las primeras lluvias del otoño (como se aprecia en la foto, bastaron unas exiguas lluvias para provocar una buena germinación) y al tener densidades muy altas, ocupan con sus raicillas casi en exclusiva, la capa superior del suelo no dejando sitio para que germinen otras especies que tienen raíces más pivotantes que si pueden competir con el cultivo, como puede ser el caso del jaramago. Estas especies además de cubrir y proteger el suelo desde las primeras lluvias, tienen una labor anti-compactación fundamental: crean una tupida red superficial de raíces que cose a modo de entramado la capa mas superficial del suelo, evitando en cierta manera la compactación excesiva por el tránsito necesario de la maquinaria, favoreciendo así la infiltración del agua de lluvia y evitando la erosión.

Cebadilla en primavera

Especies como la veza común y alguna que otra leguminosa más van en progresión. Al ser plantas con cierto porte rastrero, se libran en parte de la siega mecánica, llegando a producir semillas para el año siguiente.

A las leguminosas, por ejemplo, habría que ponerles una alfombra roja.  Estas «malas y perversas hierbas» nos aportan nitrógeno gratis (uno de los principales nutrientes en el mundo vegetal).

Además de estos dos ejemplos, hay otras muchas especies que nacen y florecen favoreciendo la visita de insectos polinizadores, tan necesarios para un buen equilibrio en el medio. Pero esto daría para un buen tocho.

En definitiva, la cubierta vegetal protege ante la erosión, aumenta la biodiversidad y el contenido de materia orgánica en el suelo, mejora su estructura, retiene humedad, controla hongos de suelo, actúa como fijador de dióxido de carbono y cosas que seguro que se me quedan en el tintero. Todo esto se traduce en frutos sanos y se refleja en aromas a través del zumo que se extrae de ellos. Como siempre, puedes degustarlos adquiriéndolos en nuestra tienda online.

 

Fermín Ibáñez Guzmán

Gerente en finca La Nava.

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