«En el campo dos mas dos no son cuatro»

Si se trata de sumar enteros, no hay duda ni controversia alguna en esta sencilla operación. Sin embargo, cuando tratamos de meter en la misma ecuación, factores que se rigen por relaciones microbiológicas o bioquímicas, como son las que suceden en cualquier suelo medianamente fértil, junto a factores medibles o tangibles, como es el caso de la fertilización química, el resultado probablemente diste del objetivo pretendido. Y no es que dos mas dos no sean cuatro, si no que uno de los factores quizás no sea un dos.

Hace algunos miles de años, a algunos humanos se les ocurrió probar a enterrar algunas semillas y esperar a ver que pasaba. Podemos decir que esto supuso el comienzo de la agricultura. Desde aquel momento nuestros semejantes fueron seleccionando las especies vegetales que mejor se adaptaban a sus condiciones, eligiendo las variedades que mayor valor nutricional tenían y descartando las menos nutritivas, venenosas o tóxicas.

Sin duda se trató de un punto de inflexión en la historia de la evolución humana que no pasó desapercibido para el medio ambiente ya que desde entonces, el impacto sobre los suelos cultivables del planeta empezó a aumentar, y lo hacía al mismo ritmo que aumentaba la población mundial. Cuando se talaba un bosque y se convertía en suelo aprovechable para el cultivo, la actividad agrícola resultaba ser muy productiva al desarrollarse sobre un suelo cuya fertilidad era muy alta, estaba en un equilibrio que se había venido originando durante cientos de miles de años.

Lejos de lo que nos pueda parecer, un ecosistema natural es un sistema autorregulado que se encuentra en un frágil equilibrio, un sistema en el que se producen miles o millones de reacciones bioquímicas a nivel molecular y donde todo lo que sucede tiene su sentido para conservar dicho equilibrio. La palabra reciclable, que el sapiens moderno cree haber inventado, hace referencia a un proceso que lleva sucediendo en la naturaleza millones de años por el cual, un ecosistema natural goza de un sistema energético con una eficiencia ideal, la cual el ser humano solo puede tímidamente emular. Las hojas nacen, captan energía solar, esa energía se transforma en vida y cuando esa vida muere se transforma en más vida. Es un ciclo cerrado e infinito a escala humana.

Está claro que el impacto cero en la actividad agrícola no existe. De hecho la agricultura en si, fue la primera actividad que realmente tuvo impacto sobre el paisaje natural y supuso un punto de inflexión en la evolución humana. Durante unos 10000 años, la actividad agrícola se fue desarrollando como un ecosistema controlado por la mano del hombre, pero que emulaba o copiaba procesos que nuestros antecesores veían en la naturaleza. Con el arado se volteaba la tierra dejándola más mullida, consiguiéndose una mayor oxidación de la materia orgánica que se había generado durante muchos años cuando el suelo era bosque, liberándose gradualmente nutrientes y dando buenas producciones. Se aportaba materia orgánica a base de excrementos y restos vegetales para compensar la que se extraía en forma de alimento y el equilibrio y la fertilidad del suelo seguían funcionando en cierta manera.

Con el descubrimiento de los combustibles fósiles la historia cambió y el proceso se aceleró. La maquinaria permitía labrar la tierra con mayor frecuencia y más profundidad, de esta manera se conseguía oxidar aún más materia orgánica y poner más nutrientes a disposición de los cultivos, a la vez que se evitaba que nacieran plantas adventicias que pudieran competir con los mismos, plantas que antaño suponían un aporte extra al suelo al ser enterradas. Esto incrementó la pérdida de aquella «renta histórica orgánica heredada», quedando los suelos actualmente con unos niveles muy bajos en materia orgánica, convirtiendo a la agricultura convencional en esclava de nutrientes inorgánicos y químicos.

La agricultura actual trata al suelo como un mero sustento físico del cultivo, un simple alojamiento donde nuestras plantas sujetan sus estructuras raquídeas. Se ignora o desprecia por completo la interacción del vegetal con el suelo vivo, una relación que lleva realizándose durante millones de años. La cuenta se reduce a: «aplicamos dos de esto más dos de lo otro y nos debe dar 4 de aquello», pero en la realidad esta ecuación tiene muchas más incógnitas.

La materia orgánica no solo está detrás de la fertilidad de un suelo. También está implicada directamente en la estructura del mismo, y me explico: la materia orgánica en el suelo genera agregados, digamos que sirve de argamasa para formar pequeños ladrillitos con las partículas del suelo, convirtiendo a este en mucho más resistente a la erosión tanto hídrica como eólica. Estamos cansados de ver en televisión imágenes de pueblos arrasados por riadas de barro tras unas fuertes lluvias y leemos en los medios que los acuíferos están bajo mínimos y no se recuperan ni siquiera en años de precipitaciones medias. Se suele achacar al cambio climático, que su parte de culpa tendrá. Pero lo cierto es que los suelos agrícolas están desprovistos en su mayoría de su principal arma para luchar contra la erosión: una buena estructura.  Esto los hace muy susceptibles a perder millones de toneladas en cada episodio de precipitaciones medianamente intensas. El agua no se infiltra bien y corre por encima, arrastrando un suelo que no tiene estructura. Al no infiltrarse, no percola a capas profundas y los acuíferos pierden aportes muy importantes.

En la provincia de Jaén, donde desarrollo mi actividad como agricultor, la situación es acuciante. Existen estudios científicos que alertan de que se pierden de 3 a 4 mm de suelo al año, que vienen a ser entre 40 y 60 toneladas por hectárea. De seguir así en 25 años veríamos una gran parte del suelo de la provincia convertido en un desierto. Son las técnicas agrícolas convencionales las que han llevado a los suelos a tal estado de degradación y la situación se ve agravada aún más por el cambio climático.

En definitiva, se puede decir que no existe agricultura sin impacto medioambiental, pero nosotros debemos procurar como especie reducir la magnitud de dicho impacto. Yo soy optimista y creo que un mayor conocimiento del mundo microbiano y de los procesos microbiológicos que suceden en nuestro medio ambiente nos hará tomar decisiones más acertadas a la hora de implementar las nuevas prácticas agrícolas. También creo que los gobiernos, con sus políticas agrícolas, deberían fomentar estas nuevas prácticas con mayor intensidad ya que, aunque se van dando pasos en ese sentido, la situación es de la gravedad suficiente como para tomar medidas más contundentes.

 

Fermín Ibáñez Guzmán

Gerente en Finca La Nava

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